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| Fribourg. Suiza. |
Me gustaría haber vivido ese periodismo
de Manu Leguineche. Ese periodismo fresco del que trae los zapatos manchados de
barro. El periodista paciente que se puede sentar horas a charlar para
comprender y luego trasladar el relato de la realidad ajena. El periodista que
no se contamina con cifras y con intereses personales o ajenos. Este oficio,
que, para mi, es el más maravilloso del mundo, se me está desintegrando como lo
hace parte de la sociedad. El periodismo debería tener un único fin: el de
contar la vida y el de mejorarla si es posible. Tendría que permitir abrir un
hueco a la reflexión pero, sobre todo, al conocimiento. El oficio periodístico sigue siendo
vocacional pero el periodista tiene, también, la mala costumbre de comer y
vestirse y estar atado a un sueldo para poder hacerlo. Cuando un periodista no es libre pierde parte
de su sentido… Y se está perdiendo la libertad. A las cadenas que tenemos que
soportar de fuera añadimos aquellas con las que nos atamos nosotros mismos. El
periodista es un animal orgulloso, y podo dado a la crítica. Esta es una
crítica vacía porque poco se puede hacer para cambiar este camino encadenado. Delibes
decía que estrenaba el mundo cada mañana. Yo tengo la sensación de que ya me lo han colocado ahí a primera hora y que sólo tengo que seguir el sendero. Con lo poco que me gusta a mi seguir senderos trazados habrá que tomar alguna determinación. Repasando la vida de Leguineche y su obra añoro ese periodismo de bares, whiskey y cigarros. Sobre todo envidio esa vida de viajes. Decía Leguineche “ el viaje te permite escapar de tu mismidad y de sus costumbres fijas. Hay que oxigenarse, dejar de mirarse al ombligo, acercarse, con modestia, a otras culturas. Y dejar de comparar, que si mi abuela cocina mejor que aquí, que si… No somos los reyes del mambo.”
Lo bueno es que ni Manu
Leguineche ni Miguel Delibes morirán nunca.
