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Magritte |
Era
tanta la miseria que cualquier pequeña novedad suponía un mundo de ilusión. Sin
juguetes, sin ropa, con zapatos rotos, jugábamos a ser comedoras de cal o a pintar con pizarra sobre las piedras. Sentada, hoy en mi habitación con tantas
cosas innecesarias a mi alrededor, con tanto objeto que desborda de las
estanterías, recuerdo cuando, con 8 años, vi por primera vez mi cara en el
espejo. Se le había caído a alguien en el camino. Estaba roto y mi cara se veía
deformada. Pasé horas delante de aquel objeto. Y fui feliz. Nunca, después, lo
fui tanto. A pesar de intentarlo, una y otra vez, instalándome en aquel cuerpo
de niña viendo su cara en un espejo roto.
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